La Constitución es uno de esos mitos geniales de la historia mexicana. Los gobiernos, los partidos y los políticos la han tratado de presentar como uno de los grandes logros de la Nación. Constantemente se refieren a ella como la primera constitución social de la historia del mundo. Pero México sigue siendo un país pobre e injusto. La razón no es que la Constitución no haya podido ejercer su magia después de 93 años de su promulgación, sino que la propia Carta Magna mantiene a México en la pobreza.
La Constitución ha sido hecha y modificada para inhibir la inversión y la actividad económica. Ha creado un entorno hostil a la competitividad y ha favorecido el surgimiento de grupos de interés especial -monopolios, sindicatos, partidos y políticos- que se han beneficiado en exceso. Se trata de una Constitución que no reconoce derechos individuales inalienables, sino que los otorga como si fueran una generosa concesión del Gobierno.
Para el artículo 27, todos los derechos de propiedad le pertenecen originalmente a la Nación, la cual puede transmitir el dominio a los individuos, con lo que se crea la propiedad privada. Esta disposición ha favorecido la fragmentación de la tierra y la pobreza del campo.
Los poderes de intervención económica que la Constitución da al Estado son enormes y sólo se comparan con los que detentan los pocos gobiernos comunistas que sobreviven en el mundo. Los artículos 25 y el 26, promulgados no por los constituyentes de 1917, sino por el sistema priista en los tiempos del supuestamente neoliberal Miguel de la Madrid, le dan a la autoridad poderes tan amplios de rectoría económica y planificación central que permiten la creación de un régimen comunista sin más.
El artículo 27 da al Estado la propiedad de los hidrocarburos en el subsuelo, lo cual es común en el mundo, pero va más allá y establece restricciones a la inversión privada en refinación y distribución de gasolina, en petroquímicos y en otros campos de actividad. Las consecuencias han sido la creación de un monopolio petrolero ineficiente y el dispendio de enormes recursos al obligar, por ejemplo, al País a importar gasolina que se podría producir aquí.
El artículo 28 prohíbe en su primer párrafo los monopolios, sólo para después ofrecer una larga lista de monopolios que por ley debe ejercer el Estado. No sólo incluye la explotación de hidrocarburos o de uranio, sino la generación de electricidad, lo cual ha hecho que México deba sufrir por un sistema eléctrico ineficiente y caro.
El artículo 41, redactado en buena medida apenas en el 2007, despoja a los ciudadanos del derecho a buscar cargos de elección popular, a menos de que sean postulados por partidos políticos, y prohíbe a los ciudadanos y empresas contratar tiempos de radio y televisión para expresar sus ideas políticas. Los partidos se han dado a sí mismos un monopolio político con este artículo que hace difícil a los ciudadanos oponerse a sus abusos.
Podría uno seguir ofreciendo ejemplos de los problemas de la Constitución mexicana. Pero lo importante es señalar que ya no podemos cerrar los ojos al daño que este texto le ha hecho a México y a los mexicanos. Una de las razones más importantes de que, a 100 años del inicio de la Revolución Mexicana, México siga siendo un país pobre y desigual; es la Constitución que la clase política y sus predecesores crearon para beneficiarse a sí mismos y para mantener al resto del país bajo su dominio.
5 de febrero de 2010
28 de enero de 2010
28 de Enero.- En Mexico de Noche
de verdad, que me transporto a los callejones de la Capital... que rico me la pase!
23 de enero de 2010
23 de Enero.- Otro mas de Denisse Dresser
Me encanta la Dra. Dresser, la admiro bastante y hace poco escribio esto en el periodico Reforma...
Independencia. Revolución. Conmemoración. 1810. 1910. 2010. La historia de bronce festejada cuando debería ser cuestionada; la historia oficial cincelada cuando debería ser escrita de nuevo. Porque han sido 200 años de héroes falsos y mentiras propagadas y dictaduras perfectas y democracias que están lejos de serlo. Doscientos años de aspirar a la modernidad sin poder alcanzarla a plenitud y para todos. Veinte décadas de justificar el Estado paternalista y el predominio del PRI, la estabilidad corporativa y el país de privilegios que creó.
Buen momento, entonces, para examinar la herencia, los mitos compartidos, las ficciones fundacionales, el bagaje con el cual cargamos. Gran oportunidad para emprender un proceso de introspección crítica sobre nuestra identidad nacional, para cobrar conciencia de lo que hemos hecho consistentemente mal. Para entender por qué no hemos construido un país más libre, más próspero, más justo.
Abundan las explicaciones. La Conquista, la Colonia, la ausencia de una tradición liberal, el Porfiriato, la vecindad con Estados Unidos, la desigualdad recalcitrante, el nacionalismo revolucionario, los ciclos históricos marcados por proclamas y la instauración de líderes autoritarios que prometen salvar al país del caos y de sí mismo.
Muchos piensan que México no avanza por su pasado fracturado, por su historia insuperada, por sus creencias ancestrales, por sus costumbres antidemocráticas. Muchos esgrimen el argumento cultural como explicación del atraso nacional. "Es un problema mental", afirman unos. "Es una cuestión de valores", insisten otros. "Es un asunto de cultura", sugieren unos. "Así somos los mexicanos", proclaman unos. Según esta visión cada vez más compartida, el subdesarrollo de México es producto de hábitos mentales premodernos, códigos culturales atávicos, formas de pensar y de actuar que condenan al país al estancamiento irrevocable.
Es cierto que muchos mexicanos creen apasionadamente en los componentes centrales del "nacionalismo revolucionario". Es cierto que muchos han internalizado las ideas muertas del pasado, y por ello les resulta difícil forjar el futuro. Es cierto que muchos mexicanos han sucumbido al romance con la supuesta excepcionalidad histórica de México, y por ello se resisten a apoyar medidas instrumentadas con éxito en otros países.
Aquí, los hábitos iliberales del corazón son como un tatuaje. Aquí, ideas como el estado de derecho, la separación de poderes, la tolerancia, la protección de las libertades básicas de expresión, asamblea, religión y propiedad, no forman parte del andamiaje cultural posrevolucionario. Y por ello tenemos elecciones competitivas que producen gobiernos ineficientes, corruptos, solipsistas, irresponsables, subordinados a los poderes fácticos, e incapaces de entender o promover el interés público. En términos políticos, México es una democracia electoral; culturalmente sigue siendo un país iliberal.
Nadie duda que esto es así. Pero el problema de las explicaciones culturales es que conducen a callejones sin salida. Si partimos de la premisa "así es México", la Nación no tiene futuro ni salvación.
Peor aún, el uso de la cultura como herramienta analítica o como justificación política oscurece las causas estructurales detrás del atraso. La cultura heredada, promovida, aprendida por los mexicanos a partir de la Revolución es una invención interesada, un cálculo deliberado; es aquello que los políticos del régimen decidieron enseñarnos en la escuela pública. Las costumbres iliberales y las creencias reaccionarias que dibujan el mapa mental de tantos mexicanos fueron colocadas allí porque eran útiles. El poder político de México vivió -y vive aún- de alimentarlas.
Pensar que el problema de México es mental desvía la atención de donde debería estar centrada: en ese artificio contractual que es el corporativismo posrevolucionario y el "capitalismo de cuates". En la permanente redistribución de la riqueza en favor de los grupos beneficiarios del statu quo que este acuerdo ha entrañado. En las prácticas de rentismo acendrado que este pacto ha perpetuado. En la economía oligopolizada que este arreglo ha producido.
Ésas son las raíces de tantas mentiras piadosas que la clase política elaboró; ésas son las razones detrás de códigos culturales que las élites han usado para controlar a la población. El verdadero problema no es cultural sino estructural; no es una cuestión de valores sino de intereses. A México no le hace falta ir al siquiatra para resolver un problema mental; más bien necesita combatir una estructura de privilegios que ni la Independencia ni la Revolución lograron encarar.
Independencia. Revolución. Conmemoración. 1810. 1910. 2010. La historia de bronce festejada cuando debería ser cuestionada; la historia oficial cincelada cuando debería ser escrita de nuevo. Porque han sido 200 años de héroes falsos y mentiras propagadas y dictaduras perfectas y democracias que están lejos de serlo. Doscientos años de aspirar a la modernidad sin poder alcanzarla a plenitud y para todos. Veinte décadas de justificar el Estado paternalista y el predominio del PRI, la estabilidad corporativa y el país de privilegios que creó.
Buen momento, entonces, para examinar la herencia, los mitos compartidos, las ficciones fundacionales, el bagaje con el cual cargamos. Gran oportunidad para emprender un proceso de introspección crítica sobre nuestra identidad nacional, para cobrar conciencia de lo que hemos hecho consistentemente mal. Para entender por qué no hemos construido un país más libre, más próspero, más justo.
Abundan las explicaciones. La Conquista, la Colonia, la ausencia de una tradición liberal, el Porfiriato, la vecindad con Estados Unidos, la desigualdad recalcitrante, el nacionalismo revolucionario, los ciclos históricos marcados por proclamas y la instauración de líderes autoritarios que prometen salvar al país del caos y de sí mismo.
Muchos piensan que México no avanza por su pasado fracturado, por su historia insuperada, por sus creencias ancestrales, por sus costumbres antidemocráticas. Muchos esgrimen el argumento cultural como explicación del atraso nacional. "Es un problema mental", afirman unos. "Es una cuestión de valores", insisten otros. "Es un asunto de cultura", sugieren unos. "Así somos los mexicanos", proclaman unos. Según esta visión cada vez más compartida, el subdesarrollo de México es producto de hábitos mentales premodernos, códigos culturales atávicos, formas de pensar y de actuar que condenan al país al estancamiento irrevocable.
Es cierto que muchos mexicanos creen apasionadamente en los componentes centrales del "nacionalismo revolucionario". Es cierto que muchos han internalizado las ideas muertas del pasado, y por ello les resulta difícil forjar el futuro. Es cierto que muchos mexicanos han sucumbido al romance con la supuesta excepcionalidad histórica de México, y por ello se resisten a apoyar medidas instrumentadas con éxito en otros países.
Aquí, los hábitos iliberales del corazón son como un tatuaje. Aquí, ideas como el estado de derecho, la separación de poderes, la tolerancia, la protección de las libertades básicas de expresión, asamblea, religión y propiedad, no forman parte del andamiaje cultural posrevolucionario. Y por ello tenemos elecciones competitivas que producen gobiernos ineficientes, corruptos, solipsistas, irresponsables, subordinados a los poderes fácticos, e incapaces de entender o promover el interés público. En términos políticos, México es una democracia electoral; culturalmente sigue siendo un país iliberal.
Nadie duda que esto es así. Pero el problema de las explicaciones culturales es que conducen a callejones sin salida. Si partimos de la premisa "así es México", la Nación no tiene futuro ni salvación.
Peor aún, el uso de la cultura como herramienta analítica o como justificación política oscurece las causas estructurales detrás del atraso. La cultura heredada, promovida, aprendida por los mexicanos a partir de la Revolución es una invención interesada, un cálculo deliberado; es aquello que los políticos del régimen decidieron enseñarnos en la escuela pública. Las costumbres iliberales y las creencias reaccionarias que dibujan el mapa mental de tantos mexicanos fueron colocadas allí porque eran útiles. El poder político de México vivió -y vive aún- de alimentarlas.
Pensar que el problema de México es mental desvía la atención de donde debería estar centrada: en ese artificio contractual que es el corporativismo posrevolucionario y el "capitalismo de cuates". En la permanente redistribución de la riqueza en favor de los grupos beneficiarios del statu quo que este acuerdo ha entrañado. En las prácticas de rentismo acendrado que este pacto ha perpetuado. En la economía oligopolizada que este arreglo ha producido.
Ésas son las raíces de tantas mentiras piadosas que la clase política elaboró; ésas son las razones detrás de códigos culturales que las élites han usado para controlar a la población. El verdadero problema no es cultural sino estructural; no es una cuestión de valores sino de intereses. A México no le hace falta ir al siquiatra para resolver un problema mental; más bien necesita combatir una estructura de privilegios que ni la Independencia ni la Revolución lograron encarar.
23 de Enero,- Matria que patria...
Durante la presentación de la serie de programas "Discutamos México", Miguel León Portilla hizo un pertinente llamado a entender el debate como una forma de la crítica. No podemos ser complacientes con lo que en las novelas policiacas se llama "el lugar de los hechos" y en la Historia se llama "la patria".
La perplejidad de vivir en esta tierra comenzó desde hace mucho. En "La Visión de los Vencidos", León Portilla recoge estos versos, compuestos en náhuatl entre 1430 y 1519: "¿A dónde pues iremos?/¿Cómo sufriremos aquí?". En 1958, Carlos Fuentes ofreció un eco a esa interrogante: "Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire". Patria: lugar del destino inescapable.
No escogemos un país en el surtido de las naciones. Te toca uno y aprendes a quererlo o soportarlo. El nuestro cumple 200 años de una vida que puede llamarse "independiente" si se omite el hecho decisivo de que casi todos los bancos son extranjeros.
De madrugada las preguntas son terribles. Pensemos, al modo de las leyendas antiguas, que nuestro país duerme un sueño profundo, recostado en sus montes y sus valles. De pronto un temblor lo despierta. Son las 4 de la mañana y la nación padece vértigo existencial: "¿Es necesario que exista?", se pregunta.
Ahondemos en ese despertar tan próximo a una pesadilla: ¿es necesario que haya mexicanos? ¿Qué perdería el mundo sin nuestra especificidad regional?
Hace unos días, un conductor tomó el segundo piso del periférico "a valor mexicano", es decir, sin precaución ni permiso. Conducía un camión de basura. Ya en lo alto, perfeccionó el desastre y se desplomó sobre tres coches. La metáfora no puede ser más inclemente: la basura cae del cielo para aplastar a quienes sufren aquí.
Uno de los problemas de ser mexicano es que otros también lo son. No es habitual que un compatriota se desplome sobre ti desde un puente, pero puede pasar. Lo habitual no siempre es mejor.
¿Cómo sobrellevamos la vida en común? Esta semana 23 presos murieron en una reyerta en la cárcel de Durango. La explicación cómoda consiste en pensar que los violentos no saben convivir. ¿Qué tan bien convivimos los que estamos fuera de un penal?
En una canción reciente, Alejandro Fernández propone un nuevo trato entre mexicanos y mexicanas: "Unas nalgadas con pencas de nopal/ es lo que ocupas por falsa y traicionera./ Cómo te amaba, qué bruto, qué animal/ cómo fui a darte mi amor a la ligera./ Unas nalgadas con pencas de nopal,/ una lección es la que te mereces./ Unos rasguños con espina de maguey,/ hoy se me antoja jugar gato en tus cachetes;/ me hacías piojito y luego me 'hicites' güey/ ya te veré empeñando los aretes". Es obvio que "El Potrillo" no necesita escándalos para triunfar. Seguramente, la canción le pareció divertida y no pensó que podía tener consecuencias. Lo grave está precisamente en eso; en ignorar que se trata de una ofensa.
¿Cuándo empezamos a malentendernos? Nuestro escudo nacional es el único que representa un acto de depredación. ¿Debemos entenderlo como un modelo para actuar como el águila y la serpiente y usar la penca como sugiere Alejandro Fernández? Por supuesto que no.
Sin embargo, las noticias indican que somos víctimas de algo que podríamos denominar "maldición del escudo". Unos se creen águilas y otros serpientes. Incluso los pastores de la Iglesia, que profesan una fe de conciliación y amor al prójimo, caen en la intransigencia. Es el caso del Cardenal Norberto Rivera, quien practica un catolicismo selectivo donde no caben disidentes.
¿Y qué decir de la intolerancia en los medios? El conductor de Televisa Esteban Arce se refiere a los homosexuales como "puñales" y hace poco dejó caer este alarde oratorio: "La finalidad de la vida sexual es la reproducción... comer Cheetos por las tardes y masturbarse es una preferencia, pero no es normal". Arce considera anormales a quienes se tocan a sí mismos o tocan a alguien de su mismo sexo. Esto lleva a una pregunta: ¿cómo es un mexicano normal? ¿Se parece al chofer del camión que se despeñó del segundo piso, al golpeador con penca, al Arzobispo de México, a los Zetas y los miembros del cártel de Sinaloa que se enfrentaron en el penal de Durango, al comunicador que juzga perverso a Elton John? Todos son mexicanos por igual. Y no sólo eso: ninguno de ellos califica como extravagante. Se trata de gente que piensa y actúa como muchos otros mexicanos. ¿No ha llegado la hora de ser típicos de otro modo?
Mientras esto ocurría, ese especialista en festejos que es Felipe Calderón le hundía la cabeza en un pastel al director del ISSSTE. Tal vez me falte imaginación, pero no concibo un acto oficial donde Vaclav Havel, Olof Palme o Lázaro Cárdenas le hundan la cabeza en un pastel a un subordinado. "Yo quiero celebrar con alegría y patriotismo", dijo Calderón en su mensaje del 4 de enero. Ya sabemos a qué se refería.
Lo único que alivia este recuento es que no incluye a ninguna mujer. La verdad sea dicha, es más fácil celebrar la matria que la patria.
12 de enero de 2010
12 de Enero.- Igor Presnyakov
Este un guitarrista ruso de gran categoria, covereando acusticamente una de mis rolas favoritas
:)
maniana me voy al df a desahogar esa chamba que tengo y a que dalia me lleve a conocer los lugares que la hacen tan rara y especial
:)
maniana me voy al df a desahogar esa chamba que tengo y a que dalia me lleve a conocer los lugares que la hacen tan rara y especial
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