4 de diciembre de 2011

¿Qué vachaché?

El tango es una de las mas grandes creaciones argentinas. Un país de muchos contrastes, contradicciones y estupideces. Esto se da en la Década de 1930. Todo era desolación, pesimismo y muerte. Todo gris. Y de ese entorno social se crea una metafísica en la música (toda metafísica surge de una determinada realidad social), teniendo como figura emblemática a Enrique Santos Discépolo, quien dice que: "el tango es un pensamiento triste que se baila"...

Es imposible abundar a esa monumental frase, solo queda poner un ejemplo de esa metafísica, de esa filosofía, de como un poema, una determinada pieza musical se vuelve inmortal porque abarca verdades inherentes a la condición humana partiendo desde el tiempo en que se vivió.
Menos rollo y ahi va...

Es el tango de 1928 "¿Qué vachaché?" interpretado aquí por Carlos Gardel. Notese la letra



Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.
Ya me tenés bien requeteamurada.
No puedo más pasarla sin comida
ni oírte así, decir tanta pavada.
¿No te das cuenta que sos un engrupido?
¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?
¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!
¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.


Lo que hace falta es empacar mucha moneda,
vender el alma, rifar el corazón,
tirar la poca decencia que te queda...
Plata, plata, plata y plata otra vez...
Así es posible que morfés todos los días,
tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.
El verdadero amor se ahogó en la sopa:
la panza es reina y el dinero Dios.


¿Pero no ves, gilito embanderado,
que la razón la tiene el de más guita?
¿Que la honradez la venden al contado
y a la moral la dan por moneditas?
¿Que no hay ninguna verdad que se resista
frente a dos pesos moneda nacional?
Vos resultás, -haciendo el moralista-,
un disfrazao...sin carnaval...


¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!
Sos un secante que no hace reír.
Dame puchero, guardá la decencia...
¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!
¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?
Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón...
¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!
Vale Jesús lo mismo que el ladrón...

Que letra. Lo deja a uno pensando. Filosófica, jamás pasará de moda. Es por eso que un poema es inmanente, permanece cuando a partir de la realidad histórica en la que vive, abarca conceptos importantes de la condición humana. Por eso Otelo de Sheakespeare no perecerá, porque trata acerca de los celos. Hamlet menos, pues no trata de la muerte de un soberano en Dinamarca, sino en la moralidad de la venganza.

Esa frase: "el verdadero amor se ahogo en la sopa, la panza es reina y el dinero Dios" es fuertísima. En la miseria no existe amor, se ahoga el amor en la sopa, se ahoga en la necesidad, en la desesperación de buscar que comer, porque la panza es reina de todos nosotros.

El dinero reemplaza a Dios en el capitalismo, en este capitalismo que nos carcome, que cada vez mas levanta muros para protegerse. "La razón la tiene el de mas guita". Guita es dinero, y es cierto, porque la persona que tenga dinero se compra un par de canales de televisión, una docena de radios y un periodico y hace que su verdad sea la verdad de todos, por que esos medios le permiten controlar los espacios, y con ellos, la subjetividad de los sujetos. Esta idea es de Michel Foucault, el gran filosofo francés, que durante toda su vida estudió al poder y sus vertientes.

La honradez la venden al contado. Este mundo, esta vida, siempre, será asi....

20 de noviembre de 2011

Fade Out

-¿Quién? –volvió a preguntar.
Su voz me estaba cansando. A ratos era ronca y agradable, pero se pasaba el tiempo tratando de hablar como niña pequeña. No le quedaba ni a su estatura ni a su cuerpo. Pensé que la iba a extrañar: su madre la había copiado de una estatua y uno no deja sin remordimientos a alguien que parece una estatua.
-¿Quién?- repitió.
No había gritado, pero la voz se puso tan chillona que me dieron ganas de golpearla.
-Nadie- le dije-. No conozco a nadie. Me la he pasado metido en la cama contigo.
Seguí barajando las cartas. La mesa estaba sucia y todo estaba sucio. Cada vez que entraba al baño tenía miedo de que algo me mordiera. No había luz, no había regadera, solo el excusado, el lavabo, una manguera conectada al lavabo y una cubeta para bañarse.
Se quitó las sábanas de encima. La cama estaba a tres metros y aún así me llegó todo su olor; era de esos que hacen que uno deje de pensar. Tres semanas antes no lo había pensado y me había tirado de cabeza en la cama; ahora pude soportarlo.
Se arrodilló en la cama y empezó a acariciarse los pechos y las caderas.
-¿Alguien te ha dado algo mejor?
-No- le dije.
Se apretó el pubis con las manos.
-¿Mejor que esto?
Saqué otra carta.
-Seis de espadas- le dije-. No me acuerdo que significa.
-Deja las cartas- me dijo.
Se echó boca arriba, con las piernas abiertas.
Saqué otra carta y se la enseñé.
-Nueve de espadas- le dije. ¿Sabes que significa el nueve de espadas?
-Que se vaya a la chingada el nueve de espadas. Quiero que vengas.
-Ya no- le dije.
Puse aparte el nueve de espadas y seguí barajando.
Se puso furiosa.
-¿Me vas a dejar? – preguntó.
-Sí- le dije.
-A mí no me dejas- dijo, sentándose otra vez-. A mí nadie me deja. Yo dejo a quien se me da la gana, pero a mi nadie me deja.
Saqué otra carta. Era el dos de espadas. Se la enseñé.
-Obstáculos- le dije-. Nueve de espadas y dos de espadas. Parece que hoy solo van a salir espadas ¿De verdad no sabes lo que quiere decir el nueve de espadas?
Se paró. Era casi tan alta como yo. Estaba sudando. Yo también; hacía calor.
-Crees que soy ninfómana, ¿verdad?
Estaba caminando hacia mí, como gato que va a destrozar una mariposa.
-Pues no soy ninfómana. Si los hombres no aguantan a una mujer de verdad, peor para ellos.
Saqué otra carta.
-As de espadas- Le dije. Eso significa que sí eres ninfómana.
Me dio en la oreja con la mano abierta. El mundo se puso rojo.
Cuando me di cuenta ella estaba en el suelo, con la cabeza sobre la cama. Un ojo se le estaba hinchando y tenía la boca reventada. Yo estaba parado en medio de un reguero de cartas. Me costaba respirar. La mesa estaba tirada en el suelo.
-¡Te vas a la mierda!- me gritó- ¡Te vas a la mierda!
Por lo menos estaba viva. Me sentí bien de que estuviera viva.
Recogí una carta.
-As de copas- le dije. Casa, hogar, familia.
No me dio tiempo de abrir la puerta. Dio un grito. Me volví y la vi venir con algo en la mano. Una lata de sopa. No sé si uno es estúpido o qué: de lo primero que me di cuenta fue de que la lata estaba oxidada en uno de los bordes. Casi me dio un ataque de risa.
Fue fácil quitarle la lata. Lo difícil fue lograr que me soltara. Me abrazó y me empezó a decirme que no la dejara, que me iba a matar, que la perdonara, que era un hijo de puta, que me quedara con ella. Trataba de besarme y me mojaba de lágrimas. No me sentía bien.
-De todos modos me voy a ir- le dije.
Pensé en la policía, que esta allá afuera, en todas partes, y no me importó. Daba igual que me agarraran ahora o dentro de diez años.
Me soltó.
-Está bien, te vas a ir, pero mañana. Hoy quiero que estés conmigo. Solo hoy. La última vez. Solo hoy.
De todos modos va a ser la una de la mañana y no tenía a donde ir. El cuatro de oros estaba tirado contra una pared. Lo recogí y se lo enseñé.
-Cama de amor- le dije. Ve a darte un baño.
-¿No te vas?
Le besé la frente. Ella se metió al baño.
El departamento era solo un cuarto inmenso. Allí cabían la cocina, el baño, el comedor –una mesa y dos sillas- la cama y un ropero grande. Junto al ropero había una ventana que daba a la bahía. De vez en cuando se oían las sirenas de los barcos. Era un sonido triste. Pensé que a nadie que esté huyendo se le ocurriría ir a Acapulco sin dinero y con todos esos policías dando vueltas por todas partes. A mi sí se me había ocurrido.
En el baño se oía como se oía como se llenaba la cubeta. Abrí una puerta del ropero.
Los roperos son lugares raros. En ese lo primero que se veía era un payaso de trapo, desteñido y feo. Alrededor, miles de cosméticos y perfumes. Mi cara me vio desde un espejo pegada al fondo; parecía tranquilo, pero no me confiaba de las apariencias. Abrí la otra puerta: tres vestidos chillones, tres batas, un par de pantalones y blusas y no mucho más. Regresé a la primera puerta y abrí el cajón de hasta abajo. Estaba lleno de ropa interior. Si había algún secreto, me dije, tenía que estar ahí. De seguro era un secreto de lo mas estúpido.
Metí la mano debajo de toda la ropa interior y me puse a hurgar. Había una caja de madera.
Era de cigarros cubanos. Adentro había papeles. En el baño sonaban cubetadas de agua.
Una carta arrugada, sin sobre: “…ahora sí voy a llegar en diciembre, las obligaciones con la familia…” Otra carta de un tal JFE de El Fuerte, Sinaloa “…y ojalá puedas venir para la boda. Manuel es muy…”
Fotos.
Una reunión familiar en blanco y negro. Ella a color con una flor en el pelo y una blusa de flores. Una estampa de san Judas Tadeo. Una niña recibiendo una hostia con traje de primera comunión. Un hombre viejo con cara de angustia en tamaño pasaporte.
-Ahí no vas a encontrar nada- me dijo-. Busca un sobre de Kodak.
Puse la caja de puros en su lugar y abrí el cajón. Había adornos de porcelana barata, una medias blancas hechas bola, unos cuadernos, una cigarrera de metal y un sobre amarillo. Dentro había unas fotos.
En la primera ella estaba acostada, desnuda, sonriéndole a la cámara. Se veía mas joven y mucho mas delgada.
En otra estaba con un tipo gordo entre las piernas.
-¿Te gustan?
-Estan bien
Volví a meterlas en el sobre.
Se quitó la toalla y se puso a secarse el pelo.
-Míralas.
Le costaba trabajo hablar; una herida le cruzaba los labios.
En otra foto, otro hombre estaba con ella. Había otras, todas por el estilo.
-No soy una ninfómana-dijo.
Metí las fotos en el cajón. No me había dado gusto ver las fotos, aunque me dije que algo mejor algo así andaba buscando.
-Son de hace como cuatro años- me dijo. Tenía otras, pero las quemé.
Se sentó en la cama.
-Ven- me dijo. Te quiero contar una cosa.
Me senté a su lado.
-Quítate la ropa.
Me acordé del nueve de espadas. Debía estar por allí, en medio de todas las cartas regadas. No hay nada peor que un nueve de espadas, me había dicho ella – otra ella- no mucho tiempo atrás.
Me quité la camisa y me besó un hombro.
-Ya sé que te vas a ir- me dijo. Todos se van. ¿Sabes por qué se van?
Le acaricié una pierna
-Porque me tienen miedo- dijo. No me entienden. Mi hijo también se fue.
-¿Tienes un hijo?
Se paró y fue al ropero. Abrió el cajón hasta arriba. Hurgó dentro y volvió a cerrarlo. Apartó las cortinas y se asomó a la ventana.
-¿Por qué estás en Acapulco? – me preguntó.
-Se me ocurrió venir-le dije.
-¿Por qué no me dices la verdad?
-Todos vienen a Acapulco por que se les pega la gana.
-Tú no.
-Me dijiste que había una cosa que me querías contar.
-Que todos los hombres se van – dijo mirando hacia afuera. Que tu también me quieres dejar y que me estás mintiendo. ¿Cómo sé que no me vas a matar hoy en la noche?
Desde hacía un rato tenía ganas de ir al baño. Respiré hondo y fui. No es fácil orinar en un lugar como ese, pero lo logré. Soporté el asco pensando en un folleto turístico que tenía cuando era niño, que guardé hasta casi que era adulto. Visite Acapulco decía, y se veía a una rubia con un bikini de colores que esquiaba en la bahía. Por eso Acapulco fue el primer lugar que se me ocurrió para esconderme. Pasé una semana caminando por las playas, comiendo en las playas, durmiendo en las playas. Me sentía estúpido. Después del tercer día ya nadie trató de venderme elefantes de ónix ni membresías para ningún club; la única ropa que tenía estaba sucia y arrugada. Ella me invitó a comer y me dijo que podía dormir en su casa. Pero no dormí. Horas y horas y horas de sexo y sudor. Nunca creí que pudiera sudar tanto.
Su casa era un buen lugar para esconderse, en el barrio de El Pozo (así dijo que se llamaba), a unas cuadras de La Quebrada, en medio de un laberinto de callejones. Parecía que nadie caminado desde hacía años por muchos de ellos.
Salí del baño. Ella seguía viendo por la ventana. Sus nalgas eran algo fuera de lo común. Solo había visto otras así en las películas.
Me senté en la cama. Me quité la ropa.
-Tuve un hijo- dijo.
-¿Vienes? – le pregunté.
-No.
Cerré los ojos. La cama olía a sudor.
Necesitaba un trabajo.
-¿Cuánto pagas de renta? –le pregunté.
-Trescientos. Incluye agua y luz.
No estaba mal.
-¿En qué trabajas? – le pregunté.
Sentí que se sentaba en la cama. No quise abrir los ojos.
-Tú sabes en que trabajo.
Se recostó en mi pecho. Su pelo me hizo cosquillas.
-¿Y tu hijo?
-Ya no está.
Le acaricié el pelo. Olía a coco.
Algo húmedo me corrió por el pecho. Ella respiraba como si llorara.
-Nadie sabe nada- dijo.
Un rato después estaba dormida. Me vestí, agarré quinientos pesos de su bolsa y salí.
Caminé rumbo a La Quebrada. Debían ser las tres de la mañana. Todas las luces en todas las casas estaban apagadas. Me gustó el aire espeso.
Acapulco, me decía, Acapulco. Lo que había alrededor no tenía nada que ver con el folleto turístico que guardé durante todos esos años. No tenía nada que ver con nada. Eran casas viejas y maltratadas, las alcantarillas olían mal, había basura en las cunetas.
Bajé una cuesta muy empinada. Había una señal que decía Sinfonía del Mar. Había estado allí el primer día que llegúe. Era un anfiteatro que daba a mar adentro. Me deprimía pensar en el mar abierto. Me di la vuelta y regresé por la misma calle.
Una pick-up venía hacia mí, con las luces apagadas. Había gente en la parte de atrás. Si hubiera tenido los lentes me hubiera dado cuenta de que eran policías. Pero no traía los lentes y solo lo supe cuando la pick up frenó con un chirrido y los policías se bajaron de todas partes y me rodearon, apuntándome con sus armas. Eran cinco.
Levanté las manos como había visto que se hacía en las películas.
-¿Qué haces aquí a esta hora? – dijo el que se me puso enfrente, un tipo bajo y fornido.
-Nada- le dije.
-Regístralo- le dijo a otro.
El otro dejó el arma sobre la nariz de la pick-up y me cacheó. Me dieron escalofríos. Después metió una mano en las bolsas y sacó todo.
-No tiene identificación-dijo.
Le dio el billete de quinientos.
-¿Sabes lo que te puede pasar por no traer identificación? –dijo el fornido con una sonrisa.
-No.
-Te pueden andar matando. Date de santos que te pescamos nosotros; si te agarran los del ejército, te matan.
Se metió el billete en el bolsillo.
-Ni se te ocurra- me dijo. ¿Cómo te llamas?
Le di un nombre.
-¿No serás guerrillero?
-No. Soy turista.
-No me chingues – dijo, y la sonrisa se le puso más grande. –Los turistas están allá – señaló rumbo a la Condesa.
-Vine a visitar a una amiga
-Enséñame que traía en la bolsa- le dijo al que me había cacheado.
Estaban las llaves de la que había sido mi casa durante muchos años. Monedas sueltas. Un anillo.
-¿Y este anillo?
-Es mío.
-Enséñame las manos.
No me quedaba ni siquiera en el meñique. Ella había sido muy pequeña y de manos delgadas.
-¿A quién se lo robaste?
-Era mejor correr. Me pregunté cuantos metros podía avanzar antes de que empezara a sentir las balas en la espalda. Me pregunté si las sentiría. Lo intenté, pero los músculos ni siquiera se movieron.
-No soy guerrillero- le dije-. Solo vine a visitar a una amiga que vive en el Barrio de El Pozo.
-¿Dónde queda eso? Me preguntó.
-Tres cuadras para allá
La cabeza me reventó y el piso subió hasta la nariz.
La nuca me empezó a doler antes de que me estrellara.
No me había fijado en un policía que tenía detrás.
El tipo fornido me pateó en las costillas.
-Estas muy pendejo-me dijo. Te voy a llevar
-¿Por qué?
-Por pendejo.
Me levantaron entre dos y me aventaron en la cama de la pick-up. Me golpeé una ceja y un ojo se me empezó a llenar de sangre.
-Ese no es el barrio de El Pozo. El Barrio de El Pozo está muy lejos de aquí. Por renacimiento-dijo el tipo asomándose a la cama de la pick-up. Ahora sí te llevó la chingada, por pendejo.
Me acordé del retén de soldados que había en la carretera y de cómo nos habían hecho bajarnos del avión para revisarnos. Descargaron todo el equipaje y abrieron cada maleta y cada bolsa. A un muchacho lo pusieron aparte y ya no lo dejaron subir al camión. Un soldado se le quedó apuntándole al pecho y el parecía a punto de llorar. A lo mejor era guerrillero.
-A mí me dijeron que así se llamaba.
-Pues que pendejo por de creértelo-dijo. Por andar de pendejo creyendo te va a llevar la chingada.
Me agarró del pelo y estrelló mi cara contra el piso. Pensé que era mejor haber salido corriendo –una lluvia de balas; me había gustado esa frase-o quedarme encerrado hasta que fuera de día. O no haber venido nunca a Acapulco. O no haber guardado el folleto durante tantos años. O no haber nacido.
-¿Y tú que haces aquí? –oí que decía el fornido con voz divertida--. Vas a agarrar un catarro.
-Ando buscando a mi patrón.
Era ella. Uso la voz de niña mimada, pero ahora me pareció dulce.
Los policías se rieron.
-¿Tú tienes patrón? – preguntó uno-. ¿No dijiste que primero muerta?
-A lo mejor ya me morí- dijo ella-. ¿A quién agarraron?
-A un pendejo- dijo el fornido- Se lo va a llevar la chingada por pendejo.
Todos volvieron a reír.
Ella se asomó. La herida en la boca se veía negra; la hinchazón en el ojo no era para tanto, pero le deformaba la cara. Era bonita.
-¿Qué te pasó? – me preguntó.
-Me agarraron. Dicen que esto no es el barrio de El Pozo.
-Entonces los que están pendejos son ellos. Sal de allí.
Me senté. Todo daba vueltas alrededor de mi cabeza
-Lo vas a dejar ir- le dijo al tipo fornido. No te vas a llevar a mi patrón.
Todos se volvieron a reír, menos el fornido.
-¿Y tú quien eres para darme órdenes?
Ella le metió la mano por la camisa y le frotó el pecho.
-Tú sabes quien soy- le dijo.
-¿Ese cabrón te puso así? – dijo señalándole la cara.
- Tú lo pusiste peor.
El fornido caminó hacia la camioneta y se me quedó viendo. Se rascó la cabeza.
-Eres pendejo- me dijo. No andes saliendo de noche porque te van a salir los espantos.
Bajé de la pick-up y me paré frente a él. No me llegaba ni a los hombros.
-¿De día si puedo salir?
-Mejor no le toques los huevos al tigre-dijo-. Llegando a donde vayas te pones a rezar y te santiguas tres veces. Di que volviste a nacer.
Ella me jaló de un brazo.
-Después paso a verte- le dijo.
-No dejes que cualquier pendejo te arruine la cara.
-Vamonos- me dijo.
Caminamos por uno de los callejones por donde había cruzado en años.
-Espérate- dijo el tipo fornido -¿Esto es tuyo?
-Tenía el anillo en la mano. Ella lo agarró.
-No – le dijo-. Pero gracias.
La mesa ya no estaba tirada. Las cartas estaban puestas en un mazo.
Agarré una y se la enseñé.
-As de oros- le dije. Felicidad, dinero, todo lo bueno.
-De veras que eres pendejo- dijo riéndose- Si no te agarran estos, no vuelves a aparecer. Siéntate para que te limpie la cara.
En la cocina mojó un trapo. Tomé otra carta. Seis de oros. ¿Qué significaba el seis de oros? No pude recordar.
Se sentó frente a mí con una taza llena de agua y un trapo. Me limpió la ceja: dolía.
-¿Extrañas a la del anillo? –preguntó como quien no quiere.
-¿Sabes lo que quiere decir el nueve de espadas?
-No me importa. ¿La extrañas?
-Sí- le dije.
-Ella te enseñó a leer las cartas.
-Yo no leo las cartas- le contesté- nadie lee las cartas. Mojó el trapo en la taza. El agua se llenó de tierra y sangre.
-¿Vas a regresar con ella?
-No.
-En esas cosas nunca puedes estar seguro.
-Yo sí.
Me estaba limpiando la cara con suavidad, pero de pronto me dolió como pocas cosas me han dolido en la vida. Ella no pareció darse cuenta de que estaba llorando.
-Creía que eras gente de Lucio Cabañas- me dijo. Cuando te conocí te portaste muy misterioso. Ahora sé que no es eso.
-No es eso – le dije.
-Mañana voy a lavar el baño – me dijo cuando ya estábamos acostados. No puede seguir así.
No contesté.
-Hace como dos meses mataron a un muchacho aquí enfrente, casi en la puerta. Yo no vi, pero oí el disparo. En el diario dijeron que fue la guerrilla. ¿Tú crees que haya sido la guerrilla?
No contesté.
-¿Porqué te quedaste con ese anillo? – me preguntó -. No hay que tener recuerdos.
No contesté.
-Buenas noches – me dijo
Un barco tocó la sirena en la bahía poco después de que salió el sol. Ella también seguía despierta.
-Esas cosas duelen al principio – me dijo, pero después se olvidan.
-¿Cuáles cosas?
-Esas.

2 de noviembre de 2011

El Son de la Muerte - Frank Delgado.

Frank Delgado es un trovador cubano de gran trascendencia y gran talento. Y con eso de que estamos en Noviembre, que es el día de los muertos, comparto esta rola. A pesar de ser cubana, esta canción es muy mexicana, basta con ver la letra.




Vino a buscarme una amiga
en el medio de una hazaña
vestida con un capote
y portando una guadaña.

Seguro que en un mal día
me he atravesado en su senda.
No señor, pues es que mi nombre
anda apuntado en su agenda.

Le dije: no tenga prisa
que no es un asunto urgente.
Me dijo: está bien, de acuerdo
tú eres mi último cliente.

Y elaborando mi estratagema,
pues yo pensaba en la muerte ajena,
en los pilotos, en los suicidas,
y en lo linda que es la vida.

La muerte y yo conversamos
sobre temas de la vida,
del deporte, la cultura
y de la traición de China.

De la ropa que se lleva,
de los gritos de la moda,
de la pintura moderna,
y hasta de Cristo y Mahoma.

Y ese capote que llevas
y que tanto te incomoda,
te digo de buena mano
que está pasado de moda.

Y sin ese capote de lana
me voy contigo de buena gana,
al paraíso, para el infierno
pa' cualquier cementerio.

Al otro día la muerte
vino vestida de raso
y como buenos amigos
nos dimos un fuerte abrazo.

Ahora sí que te llevo,
me dice muy compungida,
y yo mirando su osamenta
le digo en forma atrevida:

Por avances de la ciencia
en su forma y contenido
de materiales sintéticos
ya se fabrican tejidos.

Y con una pielcita lozana
me voy contigo de buena gana
al paraíso, para el infierno
pa' cualquier cementerio.

Al otro día con sus enaguas
y una piel fresca como la mañana
venía cantando su buenaventura
para dar muestras de su identidad y su saña
aún llevaba en su mano la guadaña.

Cuando la veo, así nomás le digo:
bota esa mierda, que tú no vas a segar trigo
y vámonos andando con el alba.

Cuando llegó cantando inmaculada
y despojada de sus simbolismos
cualquier humano me diría lo mismo:
quiero una muerte con buenos sentimientos
que vista y calce al modo de estos tiempos
para decirle en forma agradecida:

Tú no eres muerte,
tú eres la vida,
tú no eres muerte,
caramba, eres la vida.

Muerte perversa,
estado de coma,
con mi inexperiencia,
te jodí cabrona.

Y te jodí un diez de octubre
y te jodí un dos de enero
y un diecinueve de julio
y te jodo el año entero.

Y mira tú no me digas
que ya no puedes vivir
la del amor intolerable
la que se cree bonita y no lo es.

Llegó la muerte a buscarme
cuando estaba agonizando,
pero me vio tan alegre
que dijo que era jugando.

Espero que cuando vuelvas
ya te hayas tecnificado
pues yo mi tumba la quiero
con aire acondicionado.

Ahora yo te jodí,
un día me joderás por eso,
muerte perversa
ahora andamos en paz.

16 de agosto de 2011

16 de Agosto. Verde.

Volátil verificación de inverosímiles vericuetos.
Recuento de sueños pues, para no pegarle al mamón.

Vuelo sobre vastas superficies. Aterrizo. Volteo, vigilante. Vislumbro la verdad bárbara de buena noticia: Todo es verde.

Verde de lluvia, vertiente territorio
Verde la lluvia, verde el campo, verde la madera
Verdes la colinas, los ríos, verde la escalera
Los lagos verdes, las lagunas, el resplandor verdoso de la colina
El verdeazul de la montaña, las mesetas, verdemar en sus esquinas.

Lo cerca y lo lejano, verde. 
Verde de lluvia, vertiente territorio.

Roto temblor el verde de los plátanos
Casi líquida lágrima el verde de la manzana
El de los limones, el apio, el verdinegro aguacate
Verdes tus ojos, verdosas de reptil mis manos
En un sopor verdor pasan los años.

Verde era Monterrey, desde Santa a Guadalupe.
De Anahuac a Doctor Arroyo. 
Matorrales, árboles y faunas.

Pero desperté.
Y el verde no estaba aquí.
Sí, había "verde". En los semáforos, en los señalamientos viales, en la capa de pintura de los taxis, en el color de la moneda codiciada por las huestes depredadoras del entorno. 
"Verdes" como las falsas pretensiones de empresas trasnacionales que justifican su homicidio capitalista. 
"Verde" el color de la envidia regia de no tener el mismo carro que el vecino, mejor ropa que éste, el trabajo en Cemex, Gruma o Femsa.

Verde no hay.
La Pastora se llena de amarillo de maquinaria pesada. De chalecos naranja flourescentes, el cielo se hace gris; las calles y bardas se tiñen de rojo; la Zona Rosa, los giros negros en el Districto Rojo. Blanquiazul rayado y auriazul atigrado que hipnotizan al ritmo de gol.

Pero, ¿el verde dónde está?

Mejor me voy a dormir, Freud. 

26 de julio de 2011

26 de Julio. Me cago en ti, Galileo


El es Galileo Galilei, italiano, matemático y cientifico que murió en la hoguera, en una muerte que yo quisiera tener si viviera en dicha época. Dijo grandes cosas como las siguientes:

El gran libro de la naturaleza está escrito en símbolos matemáticos.


Conocerse a sí mismo es el mayor saber.


Todas las verdades son fáciles de entender, una vez descubiertas. El caso es descubrirlas.


Mide lo que sea medible y haz medible lo que no lo sea


Y todas son ciertas, pero maldita sea, Galileo, me cago en ti, me cago en mi. En ti por decir eso, y en mi por seguirlas al pie de la letra. Ahora estoy enamorado de ella, y trato (traté) de llevar mi vida por simbolos matemáticos, de calcular, de hacer medible todo, de hacer estadísticas de todo. Todo es cuantificable.

Todo es cuantificable menos esto. Menos esta sensación en el pecho que no se que hacer, menos este amor, me cago en ti. Me cago en mi.

26 de Julio. Conciencia

Me fascina la fonética con la letra C, en sonidos como "ca", "que", "ke" "qui", "ki", "co", "cu". Me encanta. Y por escribí un poema con dicho sonidos. A veces carece de sentido, pero me gustó el resultado. Es bienvenida su correción...

Costosa conciencia colisionando con caparazones cuadrados.
Que se quemen en su curul los cargos encumbrados,
Los atracos consuetudinarios que decomisan los corazones
Y la capacidad de querer encontrar consuelo en canciones

Costosa conciencia congelando las comestibles caricias
Quebrándose comiendo castidades en cuartos de albricias.
Que el conde conocedor se quite su coraza acaudalada,
La culera costumbre de comunicar cagada

Costosa conciencia
No cabes en los cánones de Cupido,
Ni en la cacería loca, ni en las caricias de la concubina
Contraigo la esquizofrenia, el síndrome del malcogido
No tienes caridad con mi carencia de querencia

Se consume la cortesía, el carisma, todo es carestía
Que decomisen las carabinas, los curas de córneas contundentes
Los cadáveres que nos encarcelarían, esas constantes cacofonías
La Calamidad cabizbaja encuentra sus pecadores correspondientes

Las códices aztecas: el caldo de cultivo a cada calle
Cuauhtemoc, Cocoyoc, Quetzalcoatl, Coyoacán
Educación prehispánica, cultura cóncentrica
Calpulli, cálmecac

El caudal del conocimiento no cabe en las calles, en las calzadas
No queda en los cubículos, en las cabezas cuadradas
Constantemente me quejo, pero cultivo estas cuartetas
Incuestionablemente mejor a contar con mi circunferencia reticular cubierta